Las consecuencias de nuestras decisiones
- Miji Velázquez

- hace 11 horas
- 3 Min. de lectura
El eco que afecta nuestra vida
¿Alguna vez has mirado atrás y pensado “si hubiera elegido diferente, ¿dónde estaría ahora”? Yo sí, muchas veces. Las decisiones son como piedras que lanzamos a lo lago de nuestra vida: crean ondas que se expanden, tocando todo. Y no importa si son buenas o malas; siempre traen consecuencias. Lo que cambia todo es cómo las enfrentamos. Hoy quiero reflexionar sobre esto, desde mi experiencia, con el corazón abierto como siempre.

Empecemos por lo básico: cada decisión tiene un eco. Una buena, como decir “sí” a una oportunidad que te asusta, puede abrir puertas que ni imaginabas. Recuerdo cuando decidí emigrar. Fue una decisión dura, que me tomó meses. Estaba llena de miedos –amenazas, inseguridad. Pensaba en empezar de cero a los 40–. Pero esa elección buena nos trajo estabilidad, nuevas oportunidades y, para mí, el espacio para escribir este blog y mi libro.
Las consecuencias positivas: mis hijos crecieron en un entorno seguro, Germán y yo fortalecimos nuestro lazo, y yo descubrí una resiliencia que no sabía que tenía. La psicología positiva, como explica Martin Seligman, nos dice que decisiones alineadas con nuestros valores generan un “crecimiento postraumático”: no solo sobrevives, sino que sales más fuerte, con más empatía y propósito.
Pero las decisiones malas también tienen su eco, y a veces más fuerte. Por ejemplo, cuando elegí ignorar señales de estrés en el trabajo y seguí adelante sin pausar. El resultado: agotamiento, ansiedad y un periodo donde me sentía perdida. O aquella vez que discutí con Samuel sin pausar, diciendo palabras que dolieron –la consecuencia fue distancia temporal y culpa que me pesó días. La psicología nos enseña que decisiones impulsivas activan el “arrepentimiento anticipado”, pero también son maestras: estudios de la Universidad de Harvard muestran que aprender de errores aumenta la resiliencia emocional, reduciendo depresión futura porque reescribes tu narrativa: “fallé, pero crecí”.
Las consecuencias de nuestras decisiones
Los retos son grandes. En la familia, una decisión mala como priorizar trabajo sobre tiempo con los hijos puede crear resentimientos que duran años. En mi caso, durante la emigración, elegí enfocarme tanto en sobrevivir que descuidé momentos importantes, no solo con Samuel y Eduardo, sino con mi papá –la consecuencia fue culpa que aún cargo, pero que me enseña a celebrar lo pequeño ahora, a querer más y a valorar el tiempo...
En el trabajo, elegir no hablar cuando algo te molesta puede llevar a burnout, como me pasó. La clave: las malas decisiones no definen tu fin; definen tu aprendizaje.
Todo tiene solución
La psicología positiva nos da estrategias para manejar esto.
Primero, practica la autocompasión: como dice Kristin Neff, trátate como a una amiga – “fallé, pero soy humana”.
Segundo, usa la reflexión: después de una decisión, pregunta “¿qué me enseñó?”.
Tercero, forma hábitos: para decisiones buenas, pregunta “¿esto me acerca a mi paz?”. Para malas, soltar: perdónate y suelta, como en mi capítulo sobre perdón.
Al final, las consecuencias de nuestras decisiones son el espejo de quien somos. Buenas o malas, nos moldean. Y toda decisión y acción trae consigo una consecuencia que debemos enfrentar y aceptar de la mejor manera posible. Eso es lo que nos hace crecer: no evitar el eco, sino escucharlo y aprender de él. Como digo en mi libro “El arte de vivir: La alegría en los pequeños detalles”, cada decisión es una onda – haz que sea de luz.
¡Un abrazo!







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